Impacto causa la primera procesión del Santísimo Sacramento en un recóndito territorio austral

Impacto causa la primera procesión del Santísimo Sacramento en un recóndito territorio austral

“¿Resultará? ¿Será un deseo de Dios? ¿Será un capricho humano? ¿Los peregrinos lograrán superar todos los obstáculos del camino? ¿Será necesario hacer un esfuerzo tan grande?”

Estas y otras preguntas surgieron –cuenta el joven sacerdote Rodrigo Vargas– cuando un grupo de apasionados católicos se propuso realizar, dice, “la Primera Procesión del Santísimo Sacramento en un recóndito y hermoso lugar de la región más austral del mundo”, zona agreste de cielo prístino e impactantes paisajes –cerca de la ‘Cueva del Milodón’ y fronterizo al Parque Torres del Paine– en Chile continental.

Fue un 11 de noviembre de 1520 cuando fray Pedro Valderrama capellán de la “Trinidad”, nave capitana del explorador Hernando de Magallanes, tuvo la responsabilidad de celebrar la primera eucaristía en ese extenso territorio, inexplorado hasta entonces; concretamente a orillas del estratégico Estrecho de Magallanes –hoy territorio chileno– que conecta los océanos Pacífico y Atlántico.

Casi 500 años después la comunidad católica, acompañada por el padre obispo Bernardo Bastres, llevando el Santísimo Sacramento expuesto, han dado un pequeño y gran paso en la historia de la evangelización de esta vasta región austral. Todo comenzó el año 2013 –recuerda el padre Rodrigo– cuando algunos laicos misioneros, cumplieron el anhelo de entronizar una imagen de la Santísima Virgen María en el corazón de ese territorio, donde se proyecta levantar el futuro Santuario de la Virgen de la Patagonia; en terreno donado por la familia Margoni-Altamirano 24 kilómetros al norte de Puerto Natales, pequeña y bellísima ciudad de la región. “Pronto el lugar comenzó a ser un punto de encuentro para jóvenes y laicos peregrinos que se encaminan hasta el lugar, para demostrar su amor al Señor y a su Madre celestial”, destaca el joven sacerdote chileno.

Fue el pasado sábado 1° de diciembre que se decidieron a realizar la citada procesión como un signo que “ruega a Dios” continúe animando la fe y allanando el camino, para levantar el Santuario. No faltaron inconvenientes y hasta voces en contra, confidencia el padre Vargas, pues “cuando se alza un proyecto de Dios, siempre saldrán al paso, multitud de obstáculos”, reflexiona.

Peregrinos venidos de distintos puntos de la inmensa región de Magallanes y otras zonas de Chile –entre ellos el sacerdote Sandro Leonelli quien se desplazó desde Temuco y el oriundo de esa misma región, padre Juan Solís– se congregaron a las 7 de la mañana en una eucaristía, que ponía los espíritus a punto para la peregrinación que les llevaría varias horas y no exenta de imprevistos. El frío, algunas nubes que amenazaban con derramar su lluvia, el intenso viento austral, las verdes colinas, animales y aves silvestres, acompañaban el paso del Santísimo Sacramento…

Así, invocado por la fe en cantos, oraciones vocales y otras de reflexivo silencio, “Cristo Eucaristía iba derramando su gracia”, relata padre Rodrigo y prosigue… “Jóvenes, adultos y adultos mayores hicieron el mismo camino que leemos en Génesis, con Abrahám, Sara y el pueblo de Dios hacia Canaán; el mismo camino que hicieran Moisés, Séfora y los demás hijos de Dios hacia la Tierra Prometida; el mismo que hicieran Jesús, José y María cada año para la fiesta de Pascua a Jerusalén y el mismo que hoy hacen miles de fieles a los santuarios Católicos del Mundo. La procesión adquiría entonces un carácter místico, sorprendente, visible a los ojos del alma”.

Tras varias horas caminando, en el último tramo del camino algunos peregrinos casi desfallecían y al enfrentar el ascenso de una colina pensaron en desistir del objetivo. Entonces, uno de los sacerdotes recordó el camino del Vía Crucis de Jesús, con su sufrimiento, sus caídas, el encuentro con su Madre y esa pesada cruz que cargó por todos nosotros alentando a ofrecer este pequeño sacrificio por aquella intención por la cual habían aceptado este reto espiritual.

“Y comenzamos a subir. A todos nos costó. Hubo alguien que se descompensó, pero siguió adelante. Fue increíble porque aún con el cansancio a cuestas, los peregrinos entonaron cantos eucarísticos expresando su alegría de ser enteros del Señor. Nuestro Obispo Bernardo, también avanzaba junto al Pueblo de Dios. El esplendor de aquella naturaleza patagónica nos provocó momentos de verdadero recogimiento. Los peregrinos, cada cierto tiempo, se arrodillaban ante el Santísimo. Seguían luego el camino”, describe padre Rodrigo.

Llegaron por fin al lugar donde celebrarían la misa. Unas trescientas personas, que se habían desplazado previamente en vehículos, esperaban con ansias a los caminantes. La emoción embargó a todos cuando el primero en ingresar entre vítores hasta el lugar era el mismo Jesús-Eucaristía. “Cuando miré el reloj me di cuenta de que habían transcurrido no las cuatro horas proyectadas para peregrinar, sino nueve. Nueve horas de oración, adoración, sacrificio y mucho amor por nuestro Dios”, destaca padre Rodrigo.

“La Virgen, nuestra Madre –finaliza el sacerdote– nos miraba al fin, complacida, mostrándonos feliz a su Hijo, el Hijo de Dios, nuestro hermano. Gracias, infinitas gracias a Dios porque a ese lugar, antes de que sea construído el futuro Santuario, ya ha llegado el Templo del Dios vivo, manifiesto sacramentalmente y en la fe de su comunidad –laicos, el obispo, religiosas, religiosos y sacerdotes–, por obra y gracia del Espíritu Santo”.


Fuente: Portaluz.org

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