Padre Rafael Ramírez: “Cada capilla de Adoración es una puerta abierta al Cielo”

“Los testimonios no son una cosa cualquiera, porque la Iglesia fue construida en base a ellos”, advertía el Padre Rafael Ramírez durante el Encuentro Nacional de Adoradores de 2016, antes de iniciar su edificante relato. Con franqueza y profundidad, el párroco de la iglesia Sto. Tomás de Aquino en Vivaceta (Santiago) describe las vueltas, sorpresas y dificultades de un camino que culminó en su capilla de Adoración Perpetua:

La Adoración Eucarística no es una devoción cualquiera, sin querer mirar en menos otras devociones; pero no es lo mismo que, digamos, la devoción a San Pancracio. ¡Es algo infinitamente más grande! En la Adoración quedamos como pulgas frente a una realidad sobrenatural que nos supera: es el mundo espiritual, la realidad de Dios que a veces no vemos y por eso vivimos como “lombrices de tierra”.

rafael ramirez adoracion puerta del cielo

Pbro. Rafael Ramírez en el Primer Encuentro de Adoradores Ecuarísticos (Agosto 2017, Pta. de Tralca)

Desde mi época de seminarista sentí gusto por la Adoración, pero eso no fructificó hasta que, cuatro años atrás, mi madre me regaló un librito llamado “El Poder de la Eucaristía”, que se compone de cartas escritas por un Monseñor a un amigo sacerdote. Lo leí y me quedé pensando: “¿El Señor querrá que en mi parroquia haya una capilla de Adoración Perpetua? ¡Por supuesto que debe querer! No me imagino que no lo quiera… Muy bien, me pondré a caminar hacia allá, y si da buenos resultados, significa que no es idea mía sino que viene de Dios.” Porque el Señor dice “por sus frutos los conoceréis”.

¡Así que me decidí! Lo primero fue comprar una pequeña Custodia. La puse en una capilla de mi casa parroquial, y me dije: “haré una hora de Adoración diaria para ver qué quiere el Señor”. Pues bien: ¡se empezó a dar todo, absolutamente todo! Yo me preguntaba dónde hacer la capilla [oficial] y había unas salas ideales para ese fin. Apareció una fundación que me podía ayudar y se preocupó de todo, no gasté ni un centavo en los varios arreglos que hubo que hacer debido a la antigüedad del edificio parroquial.

Así la capilla salió adelante. Vino el Padre Patricio Hileman para predicar. Cuando le dije que yo hacía Adoración diaria, me respondió: “¡Entonces dela por hecho! Eso es lo más importante. Si el párroco está haciendo Adoración, no cabe la menor duda que la capilla será una realidad”.

¡Y así sucedió!

No esperaba tener muchos adoradores… y llegaron suficientes para echar a andar la capilla de día y de noche. Ahora se cumplen tres años de funcionamiento, no sin esfuerzo, porque las cosas de Dios tampoco son fáciles: a veces hay gente que deja de ir, hay que buscar nuevos adoradores, hay que estar pendiente… No todo irá sobre rieles, porque la obra de Dios supone un esfuerzo por parte nuestra.

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Miembros del grupo de Adoradores durante una misa en la parroquia

Efectos en la parroquia

Debo decir que desde entonces cambiaron muchas cosas en la vida de la parroquia. La iglesia Santo Tomás de Aquino tiene sus años, se ubica en el barrio Vivaceta (Santiago), en donde vive gente mayor junto a muchos peruanos, colombianos y otros inmigrantes. Con ellos se formó la comunidad de adoradores. El vicario zonal nos hizo una visita pastoral, ¡y quedó asombrado! “Aquí hay una realidad eclesial” —nos dijo—, “una comunidad viva que se formó en torno a la Adoración eucarística”. En una parroquia que parecía muerta, surgió vida nueva.

También mi vida sacerdotal fue cambiando. Como párroco, uno corre el peligro de volverse administrador, es decir, preocuparse de que se paguen las cuentas, de atender en la oficina, que la secretaria dé los certificados… ¡No podemos ser así, sino hombres que trabajan con el Espíritu Santo! Una de las cosas ocurridas en mi parroquia fue que “se abrió el cielo”: la capilla de Adoración se convirtió en una especie de “tubo” que llega hasta el mismo cielo. Por eso, hice colocar afuera de la capilla la frase: Esta es la Casa de Dios y Puerta del Cielo.

Estoy seguro que es así.

Cada capilla de Adoración es la puerta del cielo, por donde suben nuestras oraciones y bajan los ángeles, baja el Espíritu Santo, las almas del Purgatorio y todo el mundo sobrenatural, porque es la presencia viva de Dios. La capilla de Adoración es un lugar sagrado donde se experimenta el poder y el amor de Dios.

Ataques del enemigo

Pero, así como se abrió el cielo, también “se abrió el piso”. Porque si hay alguien que odia la Eucaristía, ese es el demonio.

Desde un principio empezaron sus ataques contra la capilla. Los primeros dos años fueron peores (hasta se fue un diácono por este motivo), con ataques descarados, sin tapujos. ¿Por qué? Porque con la Adoración Eucarística le quitamos almas al demonio. A medida que más gente llega a adorar, más gente se pone en contacto con el Señor y se libera de las garras del enemigo.

La realida del demonio puede parecer abstracta para algunos, pero en la capilla la hemos experimentado de forma brutal. Una vez, de noche en adoración, ya cansado y algo desesperado por estos ataques, abrí el Evangelio y me deparé con ese texto de Jesús a Pedro, cuando le dice: “Pedro, el diablo ha pedido permiso para cribarte como el trigo… y tú, cuando hayas recobrado la fe, confirma a tus hermanos.” Ahí dije: “Muy bien, el Señor ha mostrado esto, ¡estoy convencido!”.

El Buen Combate

El demonio es algo con lo cual debemos lidiar y ser sensibles a su presencia, para cerrarle las puertas. Lo que más odia y teme es la Eucaristía. Siempre nos va a estar atacando por eso.

En resumen, se abrió el cielo y se abrió el infierno. Eso es la capilla de Adoración, y estoy seguro que ocurre en todas, porque allí estará actuando Dios con fuerza.

Por eso creo que las capillas de Adoración son la “primera línea de fuego”. No estamos en cualquier cosa, sino en un combate espiritual, y una de las principales armas es la Adoración Eucarística.

Esta batalla mueve el cielo, la tierra y el infierno, comenzó con la creación de los hombres y terminará cuando el Señor venga en su gloria. Sintámonos llamados a dar esa batalla como soldados del Señor.

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