La conversión de un alma: de gay evangélico a casado católico y apasionado de la Eucaristía

“Como hombres, compartimos un destino común, pero también diferimos a lo largo de un continuo de temperamentos, aptitudes y debilidades. Las mías no eran ni mejores ni peores. Así comenzó mi sanación”.

Tim

En los años sesenta crecer en un pueblo costero, cercano a Los Ángeles (USA), era casi un regalo para jóvenes encandilados con el consumo de marihuana y ansiosos de poder sumar conquistas sexuales, semana tras semana. Así lo vivió el protagonista de estas líneas que —estableciendo anonimato, para proteger a su esposa e hijos— ha publicado su testimonio en el portal CHNetwork“Demasiadas drogas, demasiada carne… yo tendía a involucrarme sexualmente con los del mismo género, y no había mucha resistencia para hacer lo que uno quería”, relata este hombre que apodaremos “Tim”.

Su madre, recuerda, “rezaba pidiendo a Jesús su misericordia para nosotros” y aunque el padre de esta familia era agnóstico, ella presionaba para que todos asistieran a una parroquia Episcopal (de comunión anglicana) que dirigía un exsacerdote católico “que había roto con Roma para casarse”. La presión materna no impidió que tras la confirmación todos los hijos de esta familia abandonaran esa Iglesia. “Pero el Espíritu Santo no se dejó intimidar”, señala Tim, pues sus hermanos mayores se convirtieron en “renacidos”, sumándose a una ola de renovación carismática evangélica que recorría la Costa Oeste de Estados Unidos. “Su amabilidad y auténtica preocupación por mi confusa identificación ‘gay’ me conmovieron, pero no estaba preparado para su ‘Jesús’”.

En este período Tim dice que formalizó su “salida del armario” contándoles a sus padres lo que vivía. “Mi madre derramó algunas lágrimas y dijo amablemente: «He conocido a mucha gente en esa vida… quiero más para ti». ¿Más? ¿Qué es más? Tal vez este Jesús …”

Cuando el SIDA comenzó a cobrar vidas, Tim tomó conciencia de cómo tras múltiples aventuras solo experimentaba soledad; era la verdad incómoda, silenciada, de la vida gay. Supo que “anhelaba con urgencia” descubrir a Jesús. “Y a finales de los años setenta, tuve la bendición de recibir ese abrazo de Jesús a través de una comunidad de jóvenes adultos llamada The Vineyard, que acababa de empezar a reunirse a pocos kilómetros de la UCLA, donde yo era estudiante… Imaginaba a este Jesús para el que nadie está demasiado lejos, que siempre mira con preocupación nuestros conflictos, y que en lugar de erizarse, llora al ver nuestras divisiones”.

Castidad y abstinencia que le regalan paz

Junto a esa realidad espiritual Tim estaba en medio de un cambio cultural importante, pues el ciudadano de San Francisco Harvey Milk acababa de surgir como el primer líder político gay de los Estados Unidos, dando un fuerte impulso a la vida gay que tomaba espacios de influencia. “Esto supuso un gran conflicto para mí: Quería a Jesús. Y también quería perderme en la inteligente y sexy escena gay del campus”.

Buscó entonces puentes entre todo lo que le habitaba haciendo un curso de “literatura gay”, asistiendo a conferencias sobre “La Biblia y la homosexualidad”, entre otras cuestiones. Pronto constató que, en estos grupos, por sobre una búsqueda de Jesús, estaba otra prioridad que lo relegaba: “la atracción sexual”. Como reacción, se unió a una fraternidad cristiana, “donde hombres conservadores realmente buenos me acogieron y crecí junto a ellos”, señala. Lo único que le pidieron fue respetar el límite bíblico de no tener sexo fuera del matrimonio, sin importar la dirección de sus impulsos. Tim aceptó este camino de castidad y abstinencia… “Me di cuenta de que, a través de esta solidaridad, realmente no era tan distinto a ellos, después de todo. Como hombres, compartimos un destino común, pero también diferimos a lo largo de un continuo de temperamentos, aptitudes y debilidades. Las mías no eran ni mejores ni peores. Así comenzó mi sanación”.

En esta fraternidad conoció a Annette y ambos congeniaron, sincerándole Tim sus experiencias vitales y ella las suyas. Sin darse cuenta fue surgiendo el afecto, la complicidad, un fuerte vínculo. Al comienzo Tim no se dio cuenta de su evolución. Solo cuando uno de sus amigos le preguntó el por qué no salía con Annette comprendió que solo se interponía su creencia de que era gay. “¿O es que eso se había convertido en una excusa obsoleta para no querer entregarme a ella ni a nadie? Mis deseos estaban cambiando. Ya no podía alegar una antigua identidad sexual como descalificación (…) La misericordia nos abrió el camino. Annette y yo aprendimos que Jesús tenía que estar en el centro de nuestra unión. Necesitábamos una mediación continua, y Él era el mediador. Aprendimos a confiar en Él para dar al otro lo que necesitaba. Fue una alegría, y un reto, descubrir a Jesús de esta manera”.

El regalo de la conversión al catolicismo

Han transcurrido cuatro décadas desde entonces. Annette y Tim se casaron, tienen hijos. Sólo él vivió una experiencia más de radical transformación, la conversión al catolicismo, que a continuación comparte:

“Siempre me había gustado la tranquila profundidad de mis colegas católicos. Sabía, por mis estudios de artes liberales (me especialicé en inglés y francés), que el catolicismo era el fundamento de nuestra cultura occidental. Reconocía, además, que la Iglesia católica era la base de todas las demás iglesias y que merecía mucho respeto. Sus problemas no me molestaban. Conocía los problemas que tenía nuestra iglesia de dos años y no podía comprender los problemas de esa Novia de casi 2000 años.

Las preguntas seguían siendo para mí. ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué la compone? ¿Qué la mantiene unida? ¿Qué define el culto? ¿O la moral? Cuando era joven, atribuía toda la vida de la Iglesia a los movimientos del Espíritu Santo, que revelaban a Jesús a personas como yo, que no lo habrían encontrado en un entorno eclesiástico tradicional.

Las primicias evangélicas sobre la libertad personal y la evangelización de la cultura contribuyeron a que la cultura influyera en la iglesia. Esto cambió los postes de la meta con respecto a la moralidad sexual. Muchos en mi rincón evangélico se volvieron mundanos; asimilamos la anticoncepción y el divorcio, y el ‘matrimonio gay’ empezó a parecer razonable para los ‘nacidos así’. ¿Podría un enfoque altamente individualista de la interpretación bíblica sostenerse en medio de esta evolución sexual?

Me ayudó mucho Christopher West (N. del Ed.: converso y orador católico); nos conocimos en Denver, en 1999. Me entregó una de las primeras ediciones de la Teología del Cuerpo (TOB) del Papa Juan Pablo II, que devoré. Igualmente, fue útil participar en varias rondas de estudio más profundo en el Instituto TOB de West. La ‘cultura de la vida’ de la Iglesia Católica me estaba convirtiendo. Recuerdo haber pensado: ‘esta enseñanza moral perdurará’. Al mismo tiempo, tenía hambre de una adoración que trascendiera la serie de canciones populares. Y me volví alérgico a la ‘dirección’ de un pastor, cambiando el curso de toda nuestra vida eclesiástica. La iglesia ‘libre’ empezaba a desintegrarse.

Descubrí el hambre de la Eucaristía. Aterricé en la creencia de que la Comunión es la principal expresión y experiencia de la cruz. Me encantó saber que el segundo significado de la palabra griega para ‘comer’, tal como se emplea en Juan 6:53, implica crujir — el uso de los dientes. ¡Qué apropiado para esta comida en la que consumimos la cruz! Más profundo aún es este misterioso medio a través del cual la Presencia Real de Jesús se entremezcla con nuestra humanidad. No podía dar más de lo que hizo en el Calvario, y no podía acercarse más de lo que lo hace en esta santa comida. Nos permite consumirlo; se entrega, una y otra vez, para convertirse en nuestra Fuente. Esta es la intimidad divina, el vínculo de amor que supera a todos los demás. Yo quería consumir a Jesús, como hacían los católicos.
 
Antes de comenzar el RCIA (catecismo para adultos), pasé un año en la parroquia católica del barrio, viendo a los fieles pasar ante la cruz y el tabernáculo y participar de Jesús. Necesitaba esa comida; estaba hambriento. Me sometí a un par de rondas de RCIA, a partir de 2009. Comenzó el rechazo. Muchos expresaron sus conflictos sobre mi búsqueda. Me desvié del camino recto hacia la confirmación en la Vigilia Pascual de ese año, y esperé. En 2010, reanudé el RCIA cuando el hambre aumentó.
 
Mientras tanto, pasaba horas mirando el tabernáculo de la parroquia que sostenía la Hostia bajo el enorme crucifijo; Jesús parecía descender en ‘pan’ para convertirse en nuestra propia vida. Por fe, según las Escrituras, acepté que los elementos del pan y el vino se convierten realmente en el Cuerpo de Jesús; también acepté la mediación orante del sacerdote en esa transformación, que integraba la comida con la estructura de autoridad de la Iglesia. Una interpretación tan elevada y terrenal de Juan 6 debería implicar la autoridad espiritual.

Pero no estaba preparado para recibir la Comunión. Tenía que esperar hasta estar seguro de convertirme en católico, igual que uno espera (o debería esperar) a entremezclar los cuerpos con su prometida hasta la boda. Es un compromiso enorme; ¡no te mezclas con otra para abandonarla! Si eso es evidente en el plano humano, ¿cuánto más se aplica a la unión entre una criatura caída y su Creador? (…) La oración de San Alfonso de Ligorio se convirtió en la mía: «¡Ah! ¡Señor mío! ¿Quién soy yo para que desees tanto ser amado por mí? Pero ya que tal es tu deseo, quiero complacerte. Has muerto por mí; me has dado Tu carne como alimento. Dejo todo, me despido de todo, para apegarme a Ti, mi amado Salvador. ¡Mi querido Redentor! ¿A quién voy a amar sino a Ti, que eres belleza infinita y digna de amor infinito? Sí, Dios mío».

Por fin llegó el día en el que estaba listo para el amor, preparado para comer su Cuerpo y su Sangre y así unirme a Jesús y a sus miembros. Habiendo tomado la palabra de San Juan, de que a través de esta comida podría realmente «vivir y morar y permanecer con Él» (Jn 6:56) y con Su Iglesia – bueno, eso no sólo estaba más allá de mí, sino que era profundamente necesario para mí.

En cuanto le consumí aquella Vigilia Pascual de 2011, experimenté un alimento y una fuente de fuerza que me ayudó a actuar un poco más como Él con los demás. Necesitaba esa vida. Y necesitaba el poder liberador de la misericordia como se realiza en la santa cena. Mi unión esponsal con Jesús a través de la Comunión se ha convertido desde entonces en un objetivo centrado: ser el mejor marido y padre que pueda ser. Esa es mi vocación.

Mi esposa, Annette, no podía, en conciencia, seguir adelante conmigo para convertirse en católica. Eso ha sido duro para los dos, especialmente para ella. Sin embargo, la verdad es que Dios me ha llamado a amarla por encima de todo y así hacer evidente su amor por su esposa, la Iglesia.

La Presencia Real de Jesús en la santa comida se convirtió en todo para mí. Fue el antídoto a la reacción que recibí de familiares y colegas evangélicos. Fue doloroso descubrir que amigos devotos, que en principio acogían a los católicos, no lo hicieron cuando un hermano cercano (yo) se convirtió en uno. ¡Caramba! No me lo esperaba.

¿Me bastaría la misericordia de Dios para soportar esto? Nuestra labor era suficientemente difícil y controvertida. ¿Podríamos ser fieles a nuestra misión original y al mismo tiempo asumir la división católica/evangélica? Sólo la misericordia se abrió paso (…) Me sentía solo, pero no estaba solo. Mirando a mi gran parroquia, me di cuenta de que estábamos entretejidos por hilos de oro hilados a través de siglos de intercesión celestial. La conexión era profunda, aunque todavía no se había realizado socialmente. Esto me liberó: «la comprensión de nuestra unidad en Cristo es la única cura para la soledad humana …. Para mí, la mayor alegría de volver a estar en plena comunión con la Iglesia católica ha sido, y es ahora, la seguridad cada vez mayor que da el Cuerpo Místico de Cristo… y que Cristo y su Iglesia son uno» (Caryll Houselander)”.

Para leer el testimonio completo (en inglés) pulse aquí.


Fuente: Portaluz.org