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Testimonio: Eucaristía, el "Tesoro escondido"

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Por Álvaro Ferrer

Agradezco a Dios el que en mi familia siempre haya existido “conciencia eucarística”. Nuestra vivencia de la fe siempre ha estado centrada en la Eucaristía. Sin embargo, fue la lectura del libro “El Tesoro Escondido”, de san Leonardo Puerto Mauricio, lo que personalmente me ayudó a profundizar con intensidad y alegría en el Misterio Eucarístico y la Santa Misa.

La Adoración Eucarística, no obstante, no era parte principal de nuestras prácticas de piedad. Fue un buen amigo quien, un día cualquiera, me invitó a acompañarlo, junto a mis hijos, en una vigilia de Adoración un viernes primero de mes, en la capilla de Adoración Perpetua de Champa. El panorama se veía atractivo y muy simpático: era una oportunidad para alojar fuera, en saco de dormir en el salón parroquial, adorando por turnos de una hora, empezando por los niños menores quienes entraban a la capilla en grupos, acompañados por alguno de sus hermanos mayores, o alguno de los papás. Estas jornadas de adoración se mantuvieron incluso durante la pandemia. Desde entonces, participo como adorador en la capilla de Champa con uno o más turnos semanales, y normalmente me acompañan mis hijos, siempre por gusto e iniciativa propia; además, participamos como adoradores en las vigilias que se realizan el primer viernes de cada mes en nuestra Parroquia Sagrada Familia, en Linderos.

Lo que pasa en el alma por el simple hecho de estar frente al Señor Sacramentado es un misterio, pero es real. Doy fe del impacto que ha significado en mis hijos. Sus turnos de adoración no eran jornadas de oración estructurada, para nada. Pude ver que destinaban el tiempo a leer libros infantiles, armar puzles de imágenes religiosas, e incluso dormir sobre las bancas de la capilla. Pero la Gracia es siempre eficaz. Poco a poco vi cómo mis hijos hablaban de Jesús con una naturalidad genuinamente encarnada: presente, real y determinante, en todo. Cristo se volvió íntimo, en amistad y autoridad. Un signo elocuente era el modo en que ellos se arrodillaban frente al Señor, ya no con temor reverencial o servil, sino filial. Y ahí, de rodillas, con sólo 4 años -Diego- y 5 años -Ignacio- los veía conversar con total confianza, sencillez, inocencia y abandono. Otro tanto puedo decir de Santiago -11 años- y Domingo -13 años-, que con insistencia me piden “ir a Champa”, simplemente para estar… Y Agustín -17 años-, que vive la vida de rodillas, anteponiendo nada a Cristo, y Álvaro -18 años- que organiza a la juventud de Linderos para adorar cada primer viernes y que, junto a otros amigos, promovió la Comunión diaria y la Adoración en su colegio (al punto que el sacerdote del colegio, en su discurso de despedida a los IV medios, agradeció a la “generación eucarística” que puso a la Eucaristía en el centro de la vida de la fe de la comunidad).

Estos son algunos frutos visibles. Pero los hay invisibles, de esos que un papá sólo intuye pero, asistido por la gracia de estado del sacramento del matrimonio, conoce con certeza irrefutable. Sé que mi hijo Ignacio pudo hacer su primera comunión, el día de San José, con sólo 5 años, pues su plena conciencia sobre la presencia real de Cristo en la Hostia Consagrada, distinta a un pedazo de pan, es un regalo a su inocencia arrodillada. Sé que la confirmación de mi hijo Agustín -quien dice que El Tesoro Escondido es, por lejos, el mejor libro que ha leído en su vida-, y su fortaleza ante las pruebas que Dios le ha enviado, es otro regalo de su mirada exhorta ante la Custodia. Y así tanto, tanto más, lo que, junto a mi señora, Isidora, guardamos en el corazón. Y un fruto personal que, por gracia de Dios, tuvo impacto nacional: me encontraba preparando un recurso para defender ante la Corte de Apelaciones la reapertura de las iglesias clausuradas durante la pandemia. No era fácil, pues esa Corte, y también la Corte Suprema, había rechazado todas nuestras acciones previas. Estaba en mi turno de Adoración y ahí, de rodillas, pude “ver” con toda claridad que había que defender la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y así fue. Finalmente, la Corte Suprema acogió por unanimidad el recurso, declarando que lo esencial del derecho a la libertad de culto de los católicos es la asistencia presencial a la Santa Misa, pues Cristo está realmente presente en la Eucaristía.

Sobra decir que en el mundo y en nuestro país hay problemas gravísimos. La mayor locura, sin embargo, es que el Señor esté solo en tantos Sagrarios abandonados. Dios no se deja vencer en generosidad. Y así lo ha demostrado con esta familia, similar a cualquiera, acogiéndonos como pecadores perdonados, amigos predilectos de su Sagrado Corazón que late y quema, y siempre nos espera.