Una cura segura al agotamiento: la Presencia Eucarística

Una cura segura al agotamiento: la Presencia Eucarística

Hace poco un amigo me pasó un artículo sobre cómo combatir el agotamiento, particularmente si uno se dedica a labores relacionadas con la fe, como un ministerio, o realiza actividades de apostolado como, por ejemplo, un medio católico de información.

En lo que a mí respecta, y salvo por mi vista cansada o ciertas aptitudes de mecanografía bastante torturadas, no creo estar en peligro de agotamiento. Me encanta mi trabajo; y mis jornadas en horario vespertino y de fin de semana me eximen de tareas domésticas que, de todos modos, mis mascotas no sabrían apreciar.

Pero conozco a mucha gente cuyas jornadas pueden ser abrumadoras, y a menudo lo son debido a sus exigencias: lidiar con pacientes de adicciones intratables, velar por la seguridad en barrios problemáticos, aconsejar a almas que llegan al diván con el corazón roto.

Trabajos largos en misiones aún más largas pueden agotar el cuerpo, la mente y el espíritu, ya sea que usted se encuentre en una oficina parroquial o en una sala de juntas corporativas. En particular, aquellos que se dedican a arreglar los grandes problemas de la vida —como la alimentación de los pobres o el cuidado de los enfermos terminales— pueden llegar a un punto en el que la vida parece ser, como se lamentaba Job, “meses de inutilidad y noches turbulentas” (Job 7:3).

Al igual que el psicólogo que escribió el artículo recomendado por mi amigo, los expertos ofrecen una serie de estrategias para revertir el agotamiento, tales como establecer límites, ajustar las expectativas, cultivar pasatiempos o incluso cambiar de trabajo.

Y esas tácticas son todas buenas, pero son lamentablemente insuficientes.

“Vengan a mí, los que están cansados y agobiados…”

Como católicos, tenemos un remedio que puede sanar los estragos del agotamiento en el fondo del alma: la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana” (Lumen Gentium, 11).

El mismo Cristo nos espera, escondido en la hostia, para revelarse más plena e íntimamente a todos y cada uno de los corazones.

¿Por qué, entonces, están nuestras iglesias tan vacías y sus sagrarios cerrados?

¿Somos demasiado sofisticados para humillarnos ante un sacramento que confunde nuestra limitada razón?

¿Tenemos miedo de sentarnos en verdadero silencio ante un Señor cuyo anhelo por nosotros, si nos fuera dado percibirlo, nos dejaría sin aliento?

¿Preferimos mantener a Cristo a la distancia, limitando nuestro tiempo con Él a menos de una hora a la semana en la misa dominical, si acaso?

Cuántas veces y con cuánta insensatez nos privamos del “alimento de la sagrada comunión” (Mysterium Fidei, 66), cuando en realidad “el deseo de Jesús y de la Iglesia [es] que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete” (cf. Mysterium Fidei, 66).

Además de la Misa diaria, estamos llamados a hacer una visita durante el día al Santísimo Sacramento, “pues la visita es señal de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente” (Mysterium Fidei, 66).

En una cultura digitalmente distraída y sobrecargada de información, la Misa y la adoración diarias pueden parecer completamente impracticables — o, peor aún, “ineficientes”.

Sin embargo, Santa Teresa de Calcuta no se atrevió a cumplir su tarea en medio de una pobreza indescriptible sin asegurarse la Misa diaria y al menos una hora de Adoración Eucarística. Cuando su orden acababa de ser fundada —las Misioneras de la Caridad— recibió permiso para tener el Santísimo Sacramento en la capilla del convento. Escribió entonces a su arzobispo: “Pronto nuestro Señor estará con nosotros. Todo será fácil entonces: Él estará allí personalmente.”

Comprometida a una regla muy exigente —“(buscar), incluso en medio de un entorno miserable, a los (pobres), a los abandonados, a los enfermos… a los moribundos”— y determinada a realizar cualquier trabajo “por muy humilde y mezquino que fuera”, Santa Teresa parecería una candidata perfecta para el agotamiento. Sin embargo, ella sabía de un fuego que paradójicamente enfriaba la frente febril mientras revivía el espíritu entumecido e indiferente.

Ojalá nosotros también sepamos buscar esta llama en la Eucaristía, y permitamos que nos consuma por completo.


Fuente: Gina Christian en CatholicPhilly.com