¡Adoremos a Cristo Resucitado!

“María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro… atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Y ellas, acercándose, se abrazon a sus pies y le adoraron” (Mateo 28, 1. 8-9).

Hemos vivido el Triduo Pascual experimentando la Resurrección del Señor, Jesús ha vencido a la muerte, ha puesto la luz sobre las tinieblas y ha traído la esperanza. De este acontecimiento brota toda la vida de la Iglesia y la existencia misma de los cristianos.

Uno de los signos característicos de la fe en la resurrección es el saludo entre los cristianos en el tiempo pascual, inspirado en el antiguo himno litúrgico: “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente, ha resucitado!”. Es una profesión de fe y un compromiso de vida.

¿Cómo podemos encontrar al Señor y hacernos cada vez más sus auténticos testigos? San Máximo de Turín afirma: “Quien quiere alcanzar al Salvador, primero lo debe poner con la propia fe a la derecha de la divinidad y colocarlo con la persuasión del corazón en los cielos”, por lo tanto, debe aprender a dirigir constantemente la mirada de la mente y del corazón hacia lo alto de Dios, donde Cristo ha resucitado. Entonces, en la oración, en la adoración, Dios encuentra al hombre. 

El teólogo Romano Guardini observa que “la adoración no es algo accesorio, secundario….se trata del interés último, del sentido y del ser. En la adoración el hombre reconoce aquello que vale en sentido puro, simple, y santo”. Sólo si sabemos dirigirnos a Dios, rezarle, nosotros podemos descubrir el significado más profundo de nuestra vida y el camino cotidiano es iluminado por la luz del Resucitado.

Sin la Resurrección de Cristo el ser humano y la historia permanece a oscuras, como permaneció a oscuras lo que en el principio existía, hasta que Dios dijo “hágase la luz”. Así ha permanecido en la oscuridad todo hasta la Resurrección de Cristo. Todo cuanto existe y se mueve dentro de la Iglesia —sacramentos, palabras, instituciones— saca su fuerza de la resurrección de Cristo.

Y con lo importante de los sacramentos, el Padre Carmelita Descalzo Rómulo Cuartas, en sus reflexiones de pascua del 2005, invitaba a reflexionar la afirmación de Santa Teresa de Jesús con toda la fuerza de su fe que el lugar privilegiado donde todos tenemos acceso a Jesús en la globalidad de su entrega, desde la encarnación hasta su resurrección y glorificación, es en la Eucaristía:

“En la Eucaristía está «disfrazado». En cierto modo «cosificado» y sujeto a los límites y condicionamientos del símbolo sacramental”. 

Sin embargo, quien así se disfraza es el Señor Resucitado. Así lo atestigua la experiencia de la Santa:

“En algunas cosas que me dijo, entendí que después que subió a los cielos, nunca bajó a la tierra, si no es en el Sacramento, a comunicarse con nadie”.

Apoyados en el recurrente testimonio teresiano, podemos decir que “siempre que contempló a Cristo en la Eucaristía lo vio con las características del Resucitado; Eucaristía y Resurrección quedan íntimamente vinculadas en la espiritualidad teresiana, ya que además de percibir en la Eucaristía a Jesucristo resucitado, experimentaba que ésta era alimento que transforma nuestro ser en el de Jesucristo”.

Ahora, esta vitalidad de la Resurrección, la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica donde dice que creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1) (991)

Finalmente nuestro Papa Francisco, por ejemplo en su mensaje de Pascua de 2016, nos insiste en que Jesucristo, encarnación de la misericordia de Dios, ha muerto en cruz por amor, y por amor ha resucitado. Por eso hoy proclamamos: ¡Jesús es el Señor!

Ante los abismos espirituales y morales de la humanidad, ante el vacío abierto en el corazón y que provoca odio y muerte, solamente una infinita misericordia puede darnos la salvación. Sólo Dios puede llenar con su amor este vacío, estas fosas, y hacer que no nos hundamos, sino que podamos seguir avanzando juntos hacia la tierra de la libertad y de la vida.

“Nos sacó de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría, del luto a la celebración, de la oscuridad a la luz, de la servidumbre a la redención. Por eso decimos ante él: ¡Aleluya!”

(Melitón de Sardes, Homilía Pascual).

Fuente: adoremosalsantisimo.org